miércoles, 29 de junio de 2011

¿Robar un dólar para calmar el dolor?



La salud, ese estado físico o mental, que sólo nos damos cuenta que existe cuando la perdemos y sintiendo su ausencia la valoramos; y es en ese punto cuando nuestra conciencia o temor nos empuja a hacernos cargo de nosotros mismos (aunque en ocasiones refunfuñamos y no actuamos), a hacer el trabajo que desempeñaba nuestro cuerpo pero que por casualidad o causalidad, algún gen, órgano, célula, átomo, molécula o que sé yo, hizo huelga y abandono su cargo, cobrándonos una liquidación, en nuestro caso,  insulinodependientes, de por vida.

Mirando un poco atrás, creo que desde chiquita he tenido que visitar clínicas, así que siempre he tenido por fortuna un seguro médico al que he podido acudir y el que ha hecho todo lo posible por atenderme, y aliviarme mis dolencias, como esas ocasiones en que mis pulmones eran un poco débiles  y en la oscuridad de la madrugada como un héroe mi viejo me llevaban cargada a la clínica cuando en esas noches frías el aire se me agotaba, y me despertaba con una aguja incrustada en mi vena y un nebulizador devolviéndome la calma, hecho que recordé ya en mi edad adulta cuando el vicio del cigarrillo se apoderó de mí, y resulté de nuevo en una clínica, sin aire y a punto de una bronconeumonía, para advertirme que podría ser el último chance a mis pulmones.


O las sesiones de vacunas para las alergías, porque un simple diente de león que parece tan inofensivo era uno de mis mayores enemigos, o tenían que recurrir a  cirugías para luego dejarme como un muñeco de trapo finamente cocido, o los antihistamínicos para disfrazar la gripa, las resonancias magnéticas y TACs para asegurar que no hay alguna bola en mi cabeza generándome tan horrorosas migrañas taladrándome el cerebro o las ecografías para detemrinar que esa picada en mi barriga que parecen más puñaladas sólo es cuestión del estrés que provoca que mi colón se empute digo se irrite.

Así que no recuerdo un día que no me haya sentido respaldada en el momento que haya necesitado atención médica, hasta hace unos pocos meses, en que después de tener todo o casi todo controlado, y luego que el estrés debilitara otra vez mi sistema inmune y los dolores empezarán, empece a percatarme que actualmente por cuestiones de logística no tengo un seguro médico a quien recurrir y con esto, la angustia empeora mis defensas mientras padezco de nuevo repetidas migrañas, trato de suplir la escasez de mis medicamentos, y una que otra puñalada que temo a veces sea la temerosa vesícula me ataca en mitad de la noche reemplazando una hipoglucemia, sin contar otras preocupaciones.

 Y de nuevo me traslada a una noticia curiosa, de un señor llamado James Richard Verone de 59 años que a falta de un seguro médico  y unos terribles dolores en su pecho (y no eran amorosos) opto por robar un banco en Carolina del Norte (EE.UU), y no precisamente para pagar una cita particular con un especialista o anotarse a una prepagada, y menos con el dólar (sólo 1 dólar!!!) que (parecía) pretendida robar, el objetivo de este buen hombre en su dolorosa desesperación y por la falta de cobertura médica que lo ignoraban cada vez que se acercaba para ser atendido, era ir a la cárcel para poder obtener atención médica sin importar ensuciar su impecable historial criminal y vestir un atuendo color naranja en vez una bata de esas azulitas que nos hacen poner con una abertura adelante o atrás y en vez de un suero, alguna cadena que le impide caminar.

Esto definitivamente es un asalto...a la salud!, así que aunque espero nunca llegar a ese punto de pasarle un papelito a la cajera de un banco con un mensaje que dice: "Esto es un asalto, déme un dólar", si me hace pensar en lo afortunados que somos algunos de poder acudir a un centro médico o tener los medios económicos para hacerlo, y lo afortunados que son aquellos que por ahora no tienen que hacerlo y no se percatan de esa fortuna.

Fuente: abc


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